28 de octubre de 2012















El síndrome de la página en blanco tiene relación con la autocensura o con el miedo a la exposición. (Pienso en uno de esos dioses que dan y quitan, que enseguida se elevan a reirse, a observar cómo reacciona una y hacen su jale de sentirse muy chingones poniéndonos a  prueba. A últimas fechas me da todo uno de esos dioses o todos ellos, todo, menos algo, eso, preciso, que deseo hasta la ceguera.)


Hace un par de años sólo tenía tiempo de escribir a la hora de la comida, lo hacía sobre mi escritorio de la oficina cuando me quedaba sola. Ahora no cuento siquiera con ese tiempo. Escribo nuevamente de noche, muy noche. Casi siempre con un montón de sueño o cansancio. También a esas horas leo textos que en apariencia no se relacionan con mi trabajo, por lo general poesía o filosofía, que son lo mismo.


Pienso en la soledad de los poetas y en su voz haciéndose cuerpo en la escritura, en la observación y las conversaciones que precisan los filósofos: en su necesidad de vivir.


Existe un lugar, según los tlamantinis, inaccesible en el último de los trece cielos del cual se sabe poco. Se cree que es ahí donde se localiza el origen. Ahí moran en equilibrio el señor y la señora de la casa, los hacedores y dadores de la vida, también nombrados Ometeotl. En ese sitio hay voces incomprensibles que rara vez guardan silencio y son tantas sus palabras que chocan entre ellas y vibran formando un espiral radiante.


Hoy al regreso de Rosarito tomé por "equivocación" la carretera de cuota. Al darme cuenta llegué hasta el primer puente y lo crucé para "regresar". Se ocultaba el Sol. En la curva del retorno descubrí un paisaje marino más hermoso que un sueño. Me gusta el grisazul de ese espejo de agua como nada en este mundo.