12 de octubre de 2012


Unos decían: qué señora tan bonita. Sí, qué bonita... Tenía frío. Evitaba sus insoportables ganas de dormir. Se cubría la boca y la nariz a ratos para dejar de aspirar el hedor a mierda. El hambre, el miedo y los orines escurrían por la paredes. Miraba tras las rejas a esos locos que vigilaban desde afuera. Recordaba las esposas y el golpe en las piernas antes de subir a la patrulla.

Estaba acompañada por una mujer muy joven, hermosa, de pupilentes grises, que le hacía bromas al celador y él respondía: no te muevas de ahí, si te violan allá arriba va a ser por tu culpa. ¿Quieres conocer el apando? ¿Qué es el apando? Te llevo, si quieres te llevo. La chamaca sonreía, le contaba otra historia. En secreto decía: no puedo orinar y sus ojos se le ponían rojos.

Al pie de la escalera de la celda ella organizaba a los reos para repartirles galletas. Les enseñaba a hacer llamadas por cobrar. Empezó a hacer Yoga, el aire le revolvió el estómago.