31 de marzo de 2013

Para Uxune, Itxaso, Ana y Adriana.
Mi tía abuela solía pasar días enteros sin hablar con nadie cuando se enojaba. Caminaba en silencio por la casa haciendo lo suyo: regar las plantas, cargar cosas pesadas, ordenar el cuarto de los tiliches o limpiar el patio. Siempre estaba en la compostura de alguna cosa, sobre todo de los espacios exteriores. Realizaba todas las tareas que suponía debían hacer los hombres a sabiendas de su desinterés y dependencia para casi todo de las hermanas madres sobrinas.


Cuando se hacía de noche se encerraba en su cuarto y sacaba todas sus cosas de los baúles, del ropero y de las decenas de cajas que guardaba debajo su cama. Ponía todo sobre el colchón y empezaba a revisarlo. Tiraba algunas cosas, al resto les daba un nuevo lugar. Después de algunas horas, o días, devolvía todo a donde le correspondía. Pasaba días completos rumiando su coraje y si estaba muy muy molesta ni siquiera salía a ver las novelas, algunas veces ni comía o lo hacía cuando no había nadie en la cocina.  Si acaso se dejaba ver, pasaba frente a nosotros hablando entre dientes.


Desde que era una niña me dedicaba a observar, andaba por ahí sin hacer ruido, era como invisible  y omnipresente al mismo tiempo. Sentía una curiosidad insaciable por casi todo, en especial por descubrir qué era lo que guardaba en ese cuarto. Cuando crecí me hice su aliada, aprendí a hacer todo como ella, incluso desarrollé la obsesión de ordenar espacios propios y ajenos, de vaciar mi clóset y poner de nuevo todo en su lugar muy limpiecito.  Ella me enseñó a cargar muebles sola, a llevar un saco de cemento en la espalda sin que se me cayera al piso, a mover arena de un lugar a otro con una pala, a guiar una carreta llena de piedras; a descubrir los puntos más fuertes de mis piernas, mis brazos y mi abdomen para saber hasta dónde tirar con fuerza sin romperme; a aislarme de la gente cuando era preciso, a hablar a solas, a vivir aparte en un mundo fantasmal. Algunas veces le ayudé a mover sus cosas, pero no las abría.

Ya cuando yo tenía veintitantos y ella más de ochenta me platicó muchas cosas sobre el pueblo, el exilio en California durante la Revolución, el hambre, los zapatos con agujeros en las suelas y la muerte de sus siete hermanos en esos años. También sobre la solidaridad con la que su padre y su madre acogieron a los otros campesinos del pueblo que llegaron a Long Beach. Sobre todo, del vínculo fraterno que los sostuvo a ella y a su hermano el resto de sus vidas.

Eso de los zapatos con hoyos se repitió muchos años después, cuando su hermano envió desde el otro lado el primer radio al pueblo. Todos vinieron a escucharlo y bailaron hasta que acabó la transmisión. Ella había estrenado unos zapatos esa tarde que terminaron inservibles de tanto que bailó (y ese día se tomó un par de cervezas). Hablaba siempre de sus amigos y de sus amigas como si estuvieran vivos o como si recién los hubiese visto.

Una vez me contó que estuvo casada por lo civil pero que su padre murió unas semanas antes de que se celebrara la boda religiosa. La costumbre para las mujeres en ese tiempo era la de guardar luto por un año cuando se moría el padre para poder casarse por la iglesia. Pero su novio se negó a esperarla, además ella no se reponía de la tristeza, entonces fue con el juez y pidió el divorcio. Decía que ella no quiso estar con un hombre que no respetaba "las cosas importantes para una mujer" y que por eso decidió quedarse soltera.

No recuerdo en qué año murió, pero sí que fue un mes antes que mi abuela. Las dos durmieron en el mismo cuarto por veinte años. Mi abuela contaba que la noche que le dio la embolia se la había pasado revisando unos papeles que tenía debajo de la cama y adentro de los baúles. Cuando murió encontramos cartas, postales, fotos y tarjetas de navidad que conservaba de sus padres, de sus amigos y amigas: las tenía guardadas por todas partes.

Tengo en mi casa los tres baúles de mi tía abuela, los conservo vacíos. Aprendí por mi cuenta a desprenderme de casi todo y quedarme sólo con "las cosas importantes", a confrontar cuando es preciso y a ser cabrona de vez en cuando.

Anoche la soñé recién bañada, llevaba puestas sus sandalias, su bata color rosa pálido y su toalla de flores azules envolviéndole el cabello. La puerta del cuarto estaba abierta y volteó a verme con sus ojos amielados: nos vimos y su rostro poco a poco se fue convirtiendo en el mío. Entonces vi a una mujer sentada en la escalera que asomaba su cara en medio de los dos barrotes del barandal y me miraba. Yo, con toalla de flores sobre cabeza, preguntaba: "¿qué tanto me miras?". Tras esas palabras, entre la habitación y la escalera todo se volvió espejos donde el espacio, las cosas y las mujeres se multiplicaron infinitamente hasta dejar de reconocer quien era quien y distanciarse. Sólo quedó un lugar lleno de espejos y de mujeres que se veían unas otras a través de reflejos, sin saber si eran reales o si eran sueños o ambas cosas al mismo tiempo.