1 de marzo de 2013



Tuve un amante del que nunca escribí. Nos vimos una o dos veces al mes durante un año. Tenía una casita circular llena de basura que después animaba. Esos objetos eran como el aserrín del mundo, el polvo de las prácticas o las células muertas de lo que alguna vez fue útil. Era un tipo desalineado.

Nunca tenía agua corriente, se negaba a pagar el recibo, alegaba que el derecho al agua y a la tierra eran naturales. Su patio estaba lleno de recipientes de todas las formas que servían para contener la lluvia; la brisa la atrapaba con telas que cubrían los recipientes para evitar que les cayera dentro la basura, luego se daba tiempo para exprimirlas sobre las plantas. En el jardín siempre había flores.

Por las mañanas me servía café cocido con semillas de cardamomo y me llevaba el desayuno a la cama. Compartíamos el amor por las olas y otros delirios. Nunca me pidió explicaciones, tenía un concepto de libertad muy extraño para mí en ese tiempo. A veces decía: nada me pertenece y no le pertenezco a nadie.

A pesar de que sus gestos fueron siempre de amor, un día no volví y no pasó mucho. Se había completado un ciclo vivido. Nos hemos encontrado un par de ocasiones durante los últimos dos años, siempre con gratitud, y hablamos por horas con plena confianza. Admiro su coherencia, esa claridad con la que sus acciones dan fuerza a su discurso y a su forma de ser libre.