28 de marzo de 2013


Un amanecer estaba en una habitación subterránea donde había siete camas destendidas y una ventanita por la que apenas entraba luz suficiente para reconocer los objetos. Cada una de las camas correspondía a la historia de una mujer desaparecida de manera silenciosa.

Repasaba las historias que me contaron y me preguntaba qué habría sido de ellas cuando de pronto comenzaron a salir de todas partes cientos de ratones que se dirigieron hacia el colchón en el que estaba acostada. Con la fuerza de todos sus cuerpecitos lo levantaron y a gran velocidad me trasladaron por ese cuarto en un extraño rescate. Sin haberlo solicitado, me ayudaban a huir de algo latente invisible sin nombre.

Me introdujeron desde los pies hasta la cabeza por una puerta de arena que apareció en la pared -que daba hacia otro mundo-tiempo, que iniciaba con mi llegada y del cual tenía muy pocos conocimientos por saber de su existencia sólo a través del mito-. Mi cuerpo abandonó de esa manera aquel espacio, engullido por una especie de tumba, comido por la tierra, donde no era suficiente con abrir los ojos.

Antes de partir por completo mi espíritu permaneció en esa estancia un poco más. Alcanzó a ver el reacomodo de la arena hasta volverse puerta y de nuevo muro sin dejar un solo rastro de mi presencia durante tantos meses. Tampoco quedaron huellas de la existencia de ese otro mundo recién atravesado, desde el que no había medio ni palabras suficientes para comunicarse de tanto asombro.