25 de junio de 2012

Hoy sacrifiqué algunos animales. Estuve cazando pulgas, exprimí su sangre-mi sangre sobre el papel. Vi su resistencia, sólo cuando les truenas la cabeza mueren. Antes se arrastran y por instinto huyen.

Otra creaturita perseguía mis pies en la regadera, una que parecía entre araña y mosca. A esa la partí en dos.

Una lagartija estaba oculta junto a la puerta que va al jardín, cerca de una nube de telaraña. Apareció sin cola al arrastar por ahí el cepillo. La creí muerta hace un par de semanas cuando el gato la trajo de pelota. Esta también resistió, aunque se le salió tantito una tripa. Fui a dejarla entre las plantas y pensé: ella y su suerte o su destino.

El gato está exhiliado en la república del patio por tiempo indefinido. Antes fue sometido a chorros de agua, líquidos jabonosos e insecticida "ligeramente tóxico".

La última tortuga de una especie milenaria murió este domingo en otra latitud.

Cuando el mundo era todo naturaleza y el ser humano sólo uno más de las bestias, el ritual nos transformó en personas. La muerte y la vida sucedían en equilibrio. El instinto asesino fue domesticado, entonces empezamos a transformar el ritual hasta olvidarnos de la naturaleza y de la bestia. Sobrevino la civlización y un nuevo orden aparente.