10 de noviembre de 2012

Ayer en una mesa con poetas abrí un libro invisible. La historia de las mujeres se conserva, casi toda, en páginas sin tinta. Ellos estaban listos con sus impresiones para ser leídas y a nosotras no nos avisaron que había que llevar algunos textos. Era imposible guardar silencio, no enmedio de un grupo de señores poetas. Sé que fue sin dolo, lo sé, y ese es el meollo de nuestras relaciones también con los hombres alivianados: que ni cuenta se dan.

No recuerdo de memoria ninguno de mis textos, pero uno chiquito y poderoso vibraba en mi boca y en mi corazón. Entonces pedí a Lore que me ayudara a sostener el libro para buscar entre las páginas lo que estaba por leerle al público porque quería que vieran que la historia de las mujeres se hace en conjunto y que vamos siempre acompañadas, que ni ella ni yo nos quedaríamos ahí sentadas como espectadoras. Pese a lo trágico del asunto planteado, el público reaccionó con carcajadas ante el breve performance y leí:


Es mentira que nací triste
 
que nací esclava
 
que nací condescendiente
 
 
Nací infinita
 
hasta el día de mi muerte
 
 
Alada



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