17 de julio de 2013

Hace un año que mi cabello se volvió todo blanco. Ocurrió durante una noche de insomnio. Así fue. Esa noche al entrar a mi habitación encontré a Miriam convertida en un fantasma quejumbroso y asustadizo. Saltó hasta una esquina del cuarto cuando abrí la puerta y la descubrí en bata mirando el infinito. Pobre, acababa de morirse y estaba muy confundida. Yo creo que del impacto que provocó en mí sentir su tristeza se me fue el color del cabello. Neta que nunca había visto a una mujer fantasma tan desconsolada.

Nos vimos durante un ratote, ella con la pregunta cómo es que me ves y yo con la pregunta qué haces en mi cuarto, luego nos fuimos acostumbrando a compartir el mismo espacio. Ella se quedaba ahí sobre la cama, yo me iba a trabajar y a seguir con mi vida. Algunas veces a mi regreso encontraba la casa convertida en una telaraña y escuchaba su llanto agudo subir y bajar las escaleras. Ella se cansaba o yo me dormía. Cada quien vive sus procesos, a ella le tocaba ser un fantasma y a mi vivir con mucha dedicación y esperanza.

Algunas noches ya no la encuentro o dejo de verla, otras viene y se sienta conmigo. Nunca habla. Yo escribo. A veces me duele y le invito uno de mis cigarros, otras la abrazo y le digo que ya se deje de cosas, que  murió sin más remedio, y que soy yo quien la tiene complicada: porque todo sube de precio y hay poco descanso o porque la gente está bien pinche desquiciada y en muy pocas de ellas puede una confiarse o porque tengo que aventarme el ritualito mensual del tinte y cocinar.

Espero de corazón que se marche pronto porque su presencia espanta a mis visitas y quisiera que algunas de esas visitas se quedasen aquí conmigo muy felizmente. A esta casa le hacen falta el amor y las risas, le digo. Ya, ucha ucha, siga su camino esa, pero se hace la desentendida y ni cómo cobrarle alquiler.