10 de julio de 2013

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Me gusta cuando es de noche, pasadas las doce, y el viento huele a tierra humedecida. A veces la brisa llega hasta mi casa y le abro la puerta. Cuando el mundo se aplaca alcanzo a escuchar el susurro de las olas reventar en las paredes de las casas de mi barrio. Sí, prefiero escribir sobre los espíritus marinos que recorren la costa durante el verano.

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En este mundo sucede lo monstruoso. Durante el colapso del sistema de naciones tiene lugar una carnicería y desaparecen las personas, hay un mercado de cuerpos humanos y de pedazos de personas. Se instala la esclavitud. Los chicos hablan del reclutamiento que emprenden la mafias en las ciudades sin asombro, algunos lo insinúan como si para ellos fuera una opción laboral en el futuro inmediato o como parte de los contextos en los que han crecido. Hay cierta familiaridad con esas prácticas en algunos de sus relatos, un matiz cotidiano que naturaliza la criminalidad. Son esos también mundos otros, aunque terribles. Es una época muy triste, de profundos cambios que nos sobrepasan. Sin embargo la felicidad tiene algunos nichos, recibo con alegría las noticias que comparten algunos de mis amigos sobre sus trabajos, sus observaciones y sus intervenciones. Reconozco en ellos la capacidad de resistencia creativa y el desarrollo de estrategias de sobrevivencia que nos vinculan con los primeros seres humanos. Estas han sido semanas de nuevas informaciones, lecturas, aprendizajes y diálogos de complicada digestión. Tuve una especie de gripa durante dos semanas. Así las cosas.