10 de marzo de 2012

Si no se nombra no existe, si no se ve tampoco

Lo escuché en el coloquio de hoy.

El lenguaje es limitado.
El lenguaje es una manifestacion de nuestras propias limitaciones.
Somos nosotros quienes nombramos.
Somos creadores/destructores.

Si el mundo nombrado es una herencia, ¿qué esperamos para nombrar y nombrarnos? Es ese mismo lenguaje, como cosa orgánica y maleable, la que condiciona las posibilidades de nombrar lo nuevo y lo que no tiene nombre.

Insisto en esta pregunta que incorporé apenas: ¿Qué es la exclusión? ¿Por qué la permito? ¿Para qué? ¿A quién cedo mi poder y mi nombre cuando soy excluída? ¿Tenemos consciencia de la exclusión? ¿De sus sutilezas? ¿De las prácticas "inofensivas" del lenguaje?

La exclusión tiene lugar no sólo porque los hombres o los poderosos decidan, tal vez se deba a que desconocemos el poder del lenguaje tanto como nuestro propio poder. A que desconocemos el lenguaje. Si es un problema de desconocimiento, ¿entonces con educación alimentamos nuestro poder y nuestra consciencia? ¿Quién educa? ¿Cómo?

Esta cuestión es dimensionalmente mayor a la demanda de signar femenino masculino a cada cosa. No alcanzo a comprenderlo del todo, pero sé que hay algo ahí, algo que siento y observo. Algo que tiene que ver con el reconocimiento y la igualdad.

Pero eso que no se reconoce, eso que no se nombra: ¡existe! ¡existe!