13 de agosto de 2012

Hoy vi a mi madre jugar a las espadas con mis sobrinos. Batía duro su espada y correteó un poco. Tenía puesto un vestido de tirantes color azul. Se negaba a comer sus tostadas porque no había frijoles: "Ah qué mujeres, sin frijoles no se le puede llamar a esto tostadas". Hizo que fueran a conseguirlos.

Después me platicó que se ha unido a un grupo de mujeres que visita enfermos en nuestro antiguo barrio, que participa en cursos para aprender sobre el acompañamiento al enfermo y a sus cuidadores. Esta semana una de las enfermas tuvo una mejoría, le tomó la mano y pudo llamarla por su nombre: "Carmen, Carmen".

Esta tarde le di la noticia de mi cambio de trabajo, mis nervios y mi entusiasmo. Me abrazó y me bendijo, luego me vió a los ojos como nunca. Tiene unos ojos bien bonitos, una mirada clara y tranquila.

Alguna vez le vi esa mirada, hace mucho, cuando empecé a vivir con ella y me contaba cuentos antes de dormir. Los cuentos eran siempre sobre niñas que vencían todos los obstáculos: la Caperucita mataba siempre al lobo con ayuda del leñador (a veces era la abuelita quien lo mataba); la Cenicienta siempre encontraba un hogar y la Blancanieves estalecía un refugio entre sus amigos. En sus historias lo del príncipe pasaba a segundo plano. Un día se volvió loca y dejó de contarme cuentos, eso fue hace como treinta y dos años.

Observo que hay ciclos largos largos en algunas mujeres. El tiempo de la mente, el tiempo del espíritu, el tiempo de la consciencia y el tiempo del cuerpo -que es el más evidente.

Yo también siento como si acabara de empezar mi vida, el coraje y la decepción me sirvieron para poner un límite y descargar el tiempo viejo. Pasó algo, claro que ocurrió algo, y me condujo a otro espiral. (Ha de ser ese que soñé en la serpiente de mar sin ojos que se comunicaba por telepatía).