28 de septiembre de 2012

Aún no me recupero del abrazo que me dio esa mujer desconocida. En esa media luna de familia sólo estuve ahí de pie con toda la fuerza de mis muslos y una ganas de cerrar los ojos que surgieron de no sé dónde. "Gracias, yo puedo sola", le dije cuando nos tocó abrazarnos. La mujer se soltó a llorar y me apretaba fuerte. Yo sólo atinaba a decirle: "Gracias, gracias, lo hiciste bien". Le mojé la blusa y el hombro izquierdo con puras lágrimas que sepa cómo brotaron tan de pronto y sin pena alguna. No sé por qué le dije eso. Yo fui a dar ahí porque hacían falta participantes para una clase de movimientos sistémicos.

A dos cuerpos de distancia un chico elevaba los brazos en silencio, al preguntarle qué pasaba dijo que sentía como si tuviera palitos de hielo en sus antebrazos. La chica que estaba junto a mí se deslizó en el suelo y se cubrió la cara, así estuvo casi dos horas. Le temblaban las manos. Otra se tiró boca arriba y no se movió, luego nos enteramos que su personaje era el de una persona que murió hace muchos años. Y había otro muerto, un hermano, representado por un estudiante que siempre dijo sentir mucho frío. El personaje de la mamá estuvo cansado todo el tiempo: así se sienten las mujeres que tienen once hijos, cansadas, muy cansadas. Y el papá, en silencio, ancioso, sentado sobre la alfombra, delante de ese montón de chamacos que no sabían que eran hermanos y esas dos mujeres que apenas se miraban y no se conocían.

La historia era evidente por fuera. El enredo estaba en todas esas cosas que se sienten y se expresan con cosquilleos en las coyunturas, gargantas endurecidas, manos sudorosas, rodillas que se doblan, cuerpos que se alejan o caen al suelo, ganas de dormir, bocas que tiemblan, espaldas dobladas, brazos abiertos, engarrotamientos musculares, cabezas que se voltean para no ver, escalofríos, pieles que se tornan rojas o palidecen, voces que no quieren salir o que hablan bajito, ardores en los hombros y en los costados, estómagos duros y puntas de los pies que se elevan cuando las personas se niegan a soltarse.