30 de enero de 2012

Quizá a usté no le interesan las historias de mis gatos. Yo necesito escribir para sentir mis manos, a veces se me pierden, se vuelven como de aire o de agua. Eso pasó el viernes cuando apareció un fantasma risueño y confundido o tal vez la confundida era yo. Sin más me sentí manca, con estas manos tan sin fuerza (con este cuerpo tan debilitado que no pudo ni responder al abrazo ni a la sonrisa ni a nada). Una parálisis.

La instructora de Yoga dice que nuestro cuerpo nos protege, que confiemos en él cuando no responde. A mí el cuerpo me habla, me indica lo que es pero no lo escucho. Por cierto que El Flechito regresó y ahora la que se ha escapado es La Antena. Atrevida vino de visita con ese pinche gato güero, que ya entró muy confianzudo a mi casa por la ventana. Lo eché, claro, y ha estado llorando en la puerta. Está aquí con sus lamentaciones del otro lado del cristal.

El Hugo dice que me falta un tornillo. Lo que me falta es maldá. Las personas y los gatos me toman por sorpresa. Más cuando se juntan  para descalificar a quienes escribimos en blog, en tweeter o el fb. Yo creo que no entienden, que es posible que tengan miedo escribir aquí. Dicen que escribimos para nuestros amigos y alguno que otro curioso o morboso. ¿Será? Yo dudo de sus millones de lectores de libros publicados gracias a un concurso o a un comité académico. Finalmente, establecen su legitimidad a partir de otros igual que yo. Puede que sus acreditadores tengan muchas credenciales y títulos de nobleza. Pero entonces, ¿qué es la escritura? ¿Qué puede ser? ¿Cuáles son los propósitos del escritor? ¿Satisfacer a otros, a sí mismo?

Si no escribo me ahogo, me asfixio de tanta cosa y sueños. Tengo una torre de libretas y notas por todas partes. Escribir constituye para mí una estrategia de sobrevivencia. ¿Dónde más todas estas emociones, estas ideas en construcción? Mi cuerpo es limitado, no me cabe tanto.

Hay algunas cosas que es mejor no publicar, pero las escribo. Se me da el lápiz a todas horas, con mayor intensidad por las noches. A través de esta práctica he crecido, me he convertido poco a poco y a saltos en Miriam amarabierto bruja voladora mujer fuego.

Anoche maté a golpes a un hombre. Me vi las manos y eran puños de gran fuerza. Le di en el estómago y en el pecho. Creo que se le agotó el aire, también que le reventé el tórax.  Luché contra él hasta que sentí mis garras llenas de sangre. Un jaguar. No quise ver su cara. Conozco perfectamente su nombre.

¿De dónde me nace tanta ira? Fuera del sueño quiero transformarla en fuerza, en claridad. Tiene repercusiones bárbaras: desequilibrio. Estos días voy a reflexionarlo. El gato ese tiene que irse, aun a costa de la libertad que intenté para mis gatos. Hay otras cosas más grandes, mucho más grandes que resolver y otras todavía más trascendentes que agradecer e incorporar.

Ando de pleito con Tezcatlipoca, éso. 
Y estoy muy triste, muy enojada, muy muy triste.

Me está acabando de tronar la programación. Lo acepto y eso es lo que es.
Otro día escribiré algo bonito, algo así muy alentador.