27 de enero de 2012

Sobre el poder de las palabras

El análisis sobre la relación entre el poder y las palabras es el tema que ocupa el “Capítulo LI. La vanidad de las palabras”, escrito por Michel de Montaigne en el siglo XVI. (1) Se inscribe en el contexto del Renacimiento y el autor es considerado uno de los precursores del ensayo como género literario en la Edad Moderna. En el texto son evidentes sus referencias al las culturas helénica y romana, característica de su época cultural, a partir de las que ejemplifica el desarrollo de sus argumentos. ¿Cuál es la finalidad de un ensayo? ¿Por qué se propone una relación entre el poder y las palabras?

Según la definición del Diccionario de la Lengua Española, la palabra “ensayo” se deriva del latín exagĭum, que significa peso y es definida como un “Escrito en el cual un autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito”. (2) De ahí que este género apuesta al peso que las ideas de un autor y sus capacidades argumentativas tienen para sostener la legitimidad de sus planteamientos. Se trata de un formato del lenguaje escrito donde el escritor se autoriza a exponer sus conclusiones en torno a un tema en particular, a partir de una serie de postulados en los que desarrolla las capas que constituyen su discurso. Este hecho denota en sí una forma de poder: la que expresa el derecho a decir y la responsabilidad de hacerlo, principios inherentes a la participación política, al deseo manifiesto o no de incluirse en la arena de la opinión pública.

Desde esta perspectiva, el ensayo es un medio para situar la opinión de un autor y al autor en el conjunto de análisis que formalizan e instituyen las experiencias y prácticas sociales. En el siglo XX otro francés se ocupa también de este problema. Michel Foucault en algunas de sus obras analiza la relación entre las palabras y el poder, en particular me refiero a El orden del discurso. (3)

En este libro trata el aspecto “material” del discurso, es decir su forma y su estructura; así como las implicaciones de lo dicho, en cuanto a su origen, sus vínculos con discursos previos (con la historia de una idea), con la temporalidad y el contexto de producción del mismo. Esto incluye la relación con las instituciones, que a la vez establecen las formas y las prácticas que norman su elaboración (lo que es legítimo ante un grupo de poder). “En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido. Se sabe que no se tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin no puede hablar de cualquier cosa”. (4)

Quién dice qué, cómo y por qué son cuestiones implícitas en la producción de un ensayo, ya que se convierten en declaraciones propias de una forma de pensar el mundo. Crean un mundo, le dan existencia al nombrarlo a través del ritual de la escritura. De ahí su centralidad en la concepción moderna de lo que es real, de lo reconocido. Por tanto, el escepticismo manifiesto en el ensayo de Montaigne es vigente toda vez que parte de la duda sobre lo establecido como verdad que hace posible la continuidad de un proyecto, pues como él mismo lo establece la correspondencia entre las palabras y los hechos demerita o magnifica las circunstancias, o como lo planteó Foucault, la relación entre las palabras y las cosas es indirecta.

1. Michel de Montaigne. “LI. De la vanidad de las palabras”, en Ensayos. Libro I, pp. 176-178. http://www.librodot.com/searchresult_author.php?authorName=M
2. Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=enayo
3. Michel Foucault. El orden del discurso. http://www.uruguaypiensa.org.uy/imgnoticias/680.pdf
4. Ibid., p. 5.