4 de mayo de 2012

Papalotl (en la Vía Láctea y en el Mar)



















Hoy mis arrugas perdieron su importancia, si viera usté qué felicidad tan grande me cobija. Un amor por sepa qué sin nombre. Es bien bonito darle vida a los proyectos, tener fe en los alumnos y que ellos le tengan fe a una.

¿Qué pensabas de nosotros?, me preguntó uno de los alumnos. Una vez comprendí qué era la trascendencia luego de dos horas de clase. Esas tardes de intercambios con los estudiantes me mantuvieron con un enclave en la realidad durante tres años, fuera de ahí era un caos.

Decubrí que la docencia es otra forma de dar a luz, de recibirla en cantidades inmesurables. Observo mis huellas en otros, una especie de cuestionadora y alegre complicidad.

Empecé a hablar con mis estudiantes sobre los sueños y la imaginación como recursos imprescindibles para la vida. A ratos me tiran a loca y yo experimento una libertad tan grande al compartir con ellos ese mundo apenas revelado a mi consciencia.

El tiempo para continuar aprendiendo no es suficiente, lo invento, lo jalo de aquí y de allá. Experimento una expansión multidimensional y a veces me atora su dinamismo. Hago lo que puedo, con gusto, hasta donde me alcanzan las fuerzas. Y por ahora hasta ahí me alcanzan. Termino unas cosas, otras no (es posible que repruebe Análisis del discurso). Hay sombras que todavía no descifro. El tiempo también me ha enseñado a  mantener la serenidad y a intentarlo siempre.